8 de mayo. Día de Recuerdo y Homenaje a las Víctimas del Exilio Republicano Español

El exilio republicano español es una herida enquistada durante generaciones, olvidada por muchos. El 8 de mayo existe para que esa herida no se cierre en falso, para que los nombres no se disuelvan en el olvido administrativo al que el franquismo los condenó durante cuatro décadas. Recordar no es reabrir, es una obligación moral con quienes lo perdieron todo por defender una legalidad democrática.

En los últimos días de enero de 1939, la caída de Barcelona precipitó que aproximadamente medio millón de españoles republicanos vencidos, de todas las clases sociales y edades, ancianos, mujeres, milicianos y niños, atravesaran la frontera francesa.

Francia, sin embargo, no los recibió como refugiados. Los trató como un problema. Las playas fueron el espacio natural utilizado por las autoridades francesas para levantar los primeros emplazamientos: Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien y Le Barcarès fueron los primeros campos acondicionados para internar a los refugiados españoles. La propia documentación administrativa francesa los denominaba «campos de concentración». La mayoría se construyeron a toda prisa, en forma de barracones o de zonas vigiladas bajo la intemperie, sin agua potable ni condiciones higiénicas mínimas. A los prisioneros apenas se les daba comida y nunca se les ofreció ropa de abrigo. Muchos murieron por desnutrición y enfermedades.

En marzo de 1939, más de doscientos mil españoles se hacinaban en los campos del Rosellón. Argelès, Saint-Cyprien y Le Barcarès en las playas; Gurs y Le Vernet en el interior; Bram para los más ancianos; Rieucros, el único destinado exclusivamente a mujeres. Estos campos de refugiados franceses que concentraron el exilio republicano español de 1939 fueron la antesala de los campos nazis. Doce mil republicanos españoles fueron internados en campos de concentración nazis, especialmente en el complejo de Mauthausen-Gusen, donde hubo registrados 7288 españoles, de los cuales murieron 4676.

El exilio no siguió un solo camino. A medida que avanzaban las tropas franquistas, los republicanos de Castellón y Alicante tuvieron que escapar por mar a bordo de más de cuarenta barcos que zarparon rumbo al norte de África con mujeres, hombres y niños en condiciones inhumanas. El más célebre de todos ellos fue el Stanbrook, un carguero inglés cuyo capitán galés, Archibald Dickson, tomó una de esas decisiones que la historia convierte en símbolo. El barco tenía previsto cargar tabaco, naranjas y azafrán, pero su capitán, horrorizado ante el drama de miles de republicanos amontonados en el muelle de Alicante desesperados por salir, optó por embarcar al mayor número posible. Zarpó a las once de la noche del 28 de marzo de 1939, sin luz para no ser detectado por los buques franquistas, llevando 2638 personas en un espacio previsto para una veintena de tripulantes. Era el último barco. Más de 20000 personas que no pudieron abordarlo fueron trasladadas por las tropas franquistas a campos de concentración como Los Almendros y Albatera, o a lugares improvisados como el Castillo de Santa Bárbara o la plaza de toros de Alicante.

El Stanbrook llegó a Orán, en la Argelia francesa. Al llegar al puerto, veinte horas más tarde, las autoridades francesas negaron la autorización para el desembarco; solo tras gestiones desesperadas se permitió bajar a mujeres y niños. Ante las deplorables condiciones higiénicas y el riesgo de epidemias, casi un mes después se autorizó al resto del pasaje a desembarcar. Este es el exilio más olvidado de todos: el del norte de África. Miles de republicanos españoles se refugiaron en el Magreb colonial. Recluidos y destinados luego a los trabajos forzados bajo la Francia de Vichy, vivieron una historia trágica y aún hoy poco conocida. Cerca de 15000 fueron recluidos en campos de internamiento próximos al desierto. En la Argelia francesa, a los exiliados se les empleó en las canteras para la construcción del ferrocarril transahariano. Tras el desembarco aliado en noviembre de 1942, centenares de españoles se enrolaron en las fuerzas de la Francia Libre y combatieron en la liberación de Francia, integrados en su mayoría en la 2.ª División Blindada del general Leclerc. Hombres que habían perdido su propia guerra lucharon para que otros no perdieran la suya. «La Nueve» comenzaba su andadura.

Para quienes escaparon de los campos franceses y norteafricanos, el horizonte fue el Atlántico. El presidente mexicano Lázaro Cárdenas abrió las puertas de su país con una generosidad que los exiliados nunca olvidaron. Los barcos Sinaia, Ipanema y Mexique se convirtieron en nombres legendarios. A bordo del Mexique viajaban familias enteras que habían sobrevivido a los campos franceses. En esos barcos viajaban también el conocimiento, el talento y la memoria de una España que el franquismo estaba borrando. León Felipe, María Zambrano, Luis Buñuel, Max Aub, José Gaos, Pablo Casals…, centenares de figuras que habrían transformado la España del siglo XX de haber podido quedarse. Severo Ochoa ganó el Nobel de Medicina en 1959 desde el extranjero.

La consecuencia más devastadora y menos cuantificable del exilio fue precisamente esa: el vaciamiento intelectual y científico del país. Se fueron los catedráticos que habrían formado a las siguientes generaciones, los médicos que habrían investigado, los cineastas que habrían contado otras historias. El franquismo los borró de los libros de texto, prohibió sus obras y vigiló a sus familias. Y construyó un relato en el que los exiliados eran los traidores, los que habían merecido su destino.

La transición democrática recuperó parcialmente esa memoria. Solo con la Ley de Memoria Histórica de 2007 y la Ley de Memoria Democrática de 2022 el Estado comenzó a asumir institucionalmente la deuda con quienes lo perdieron todo. El 8 de mayo no es una fecha de revancha. Es una fecha de restitución. Recordar a quienes cruzaron los Pirineos bajo la nieve, a quienes se hacinaron en el Stanbrook en mitad de la noche, a quienes picaron piedra en el desierto argelino y a quienes envejecieron mirando el Atlántico desde el otro lado, no es reabrir heridas. Es reconocer que existieron, que importaron, que la historia de España no puede contarse sin ellos.

Fotografía generada por IA a partir de fondos del archivo fotográfico de la Fundación Pablo Iglesias

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